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Chile

El 18 de octubre de 2019, Chile entró en un nuevo proceso político que, por una vez en toda la historia de la república aristocrática-criolla, de carácter nobiliaria, fue iniciado por la gente en el denominado «Estallido Social».

Marcaría un antes y un después en lo que la gente, conscientemente, concibe como «hacer política» en Chile. Después de varias décadas de haberse relegado al, por así decirlo, «ocio democrático», los ciudadanos dejaron que otros hicieran y deshicieran desde las instituciones políticas del Estado, donde se toman las decisiones que afectan a todos los chilenos, excepto, obviamente, a la élite aristocrática de Chile. Esto, porque precisamente ellos, la élite, quienes gozan de apellidos rimbombantes, de contactos en las grandes esferas, que vienen de familias de larga data, como los Alessandri, Kast o Larraín, aprovecharon la situación para entregarle en bandeja la democracia a los tecnócratas de turno. Evidentemente, estos sujetos que, se supone, cuentan con más conocimientos para administrar el Estado, son amigos de la élite, pertenecen a la élite, o son empleados de la élite. Por lo tanto, quienes siempre sintieron los vaivenes de la política y la economía, no fueron los más ricos y poderosos, sino que fue la gran e inmensa mayoría, ya que los dueños de Chile siempre han gozado de grandes privilegios y concesiones otorgados por el Estado para sus actividades empresariales.

Pero eso desde el 18 de octubre dejó de ser. La gente entró en conocimiento de sus errores, de su quietud y silencio, y se volcó a las calles a hacerse escuchar de la manera que fuese posible, con los recursos disponibles. Incluso, a costa de interrumpir la rutina diaria, llevando a la quiebra empresas, aumentando la cesantía y disminuyendo la oferta laboral. Aquello tiene una sola palabra para describirlo: necesidad. ¿Qué otra cosa esperaba la clase política que hiciera la gente, si ahora quiere ser parte de la toma de decisiones, no existen los mecanismos para que eso sea posible?

Pero esto nunca hubiese sido posible sin Piñera en el poder, un sujeto que desde su sector siempre ha sido tildado como blando, como un derechista que debería pertenecer a la democracia cristiana, antes que a una coalición compuesta, por una parte, por la UDI.

Gracias a la administración Piñera es que se inicia el principio del fin del presidencialismo en Chile, y quizás, el inicio del parlamentarismo. Esto ya que, sin lugar a dudas, desde el 18 de octubre, y luego la crisis generada por el coronavirus, Piñera sólo ha demostrado su falta de liderazgo y de conexión con lo que viven día a día los chilenos y las chilenas. Sólo se ha dedicado a vetar proyectos, a generar anti cuerpos con cada uno de sus anuncios, mientras que el parlamento ha sido el que ha sacado adelante diferentes soluciones a las crisis. Un ejemplo claro de esto, es el proyecto para el retiro del 10% de los fondos de las AFP, el cual ha sido un logro del parlamento, como respuesta a la forma de hacer política del ejecutivo: la de endeudar, más que de ayudar.

Sin Piñera en el poder, los hechos de desorden que acontecieron en las calles tras el 18 de octubre, quizás no hubiesen tomado lugar, ya que, si bien existió efectivamente represión, otros personajes de la derecha, de haber estado en ejercicio en el poder, habrían tomado medidas muchísimo más drásticas. Aquí cabe hacer una comparación con quien en aquel tiempo, tenía un liderazgo claro dentro de las bases de la derecha: José Antonio Kast, quien viene pidiendo desde hace mucho tiempo más atribuciones para que Carabineros recrudezca su actuar y puedan disparar a matar, especialmente, en la región de la Araucanía; ha exigido que fuerzas especiales en vez de lanzar balines, puedan disparar balas; que las fuerzas armadas tengan más atribuciones que las que se vieron durante las revueltas. En otras palabras, los hechos de violencia por parte de fuerzas armadas y de orden que se vieron hace unos meses, con otro presidente, hubiesen sido mucho peores. De hecho, si las fuerzas armadas no se tomaron total o parcialmente el poder para el Estallido Social, fue porque Piñera no les aseguró garantías y privilegios en caso de violaciones a los derechos humanos, donde sin duda alguna, el INDH tuvo mucho que ver. Quizás, sin la presencia del INDH en aquel tiempo, sin un presidente blando que cediera a las presiones de la institución, todo hubiese sido muy diferente. Mucho peor.

¿Hasta dónde hemos llegado, gracias a la ineptitud del presidente? Hasta el punto en que, la gente, cansada de vivir en crisis, ha perdido el miedo y literalmente amenaza a la clase política con salir a las calles a destruir todo, si es que no se cumplen sus expectativas. Esto lo hemos visto muy claramente durante la discusión del 10% de las AFP. Para el inicio de la discusión el 15 de julio en el parlamento, barricadas, ataques a comisarias de carabineros, quemas de micros, manifestaciones y cortes de calles, paros del sector portuario, entre otras cosas, se registraron en todo Chile. Era una declaración por parte de la ciudadanía: o me apruebas el proyecto, o te quemamos todo. Y para los más conspiranoicos, puede ser que, efectivamente, detrás de estos hechos, detrás de las revueltas, existan grupos organizados. Pero, desde el 18 de octubre hasta hoy, ¿Qué tanto es organizado por grupos, y qué tanto es organizado de forma espontánea por los ciudadanos sin militancia o participación en aquellas agrupaciones?

Es tanta la repercusión de la mala gestión de Piñera, que ha impactado a todo el oficialismo, dando como resultado que la UDI esté fragmentándose, Evópoli ha perdido literalmente la cabeza (su presidente perteneciente a la élite, Larraín Matte, renunció al partido); Renovación Nacional cuenta con un presidente que a ratos es un outsider y, en otras ocasiones, es fiel a la coalición que le ha dado un puesto en la misma mesa junto al presidente, y suma y sigue. Mientras tanto, la oposición, no tiene nada que hacer más que poner atención a las redes sociales y a lo que exigen en la calle. Porque de no ser por la gente organizada, la oposición brillaría, aún más, por su mal manejo de la situación.

Y nada de esto hubiese sido posible sin Piñera: el arquitecto de la destrucción del Chile de hoy. Quien será recordado como el peor político en haber sido presidente, pero a quien le vamos a deber el nuevo Chile que de a poco, desde los barrios, se está construyendo.


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