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El presidente de Brasil, después de una fuerte lucha contra el Coronavirus, ha tenido que decir adiós a todos sus fanáticos, quienes en su mayoría, son cristianos, o personas que viven en la fantasía constante.

Bolsonaro hasta el último momento fue un hombre de convicciones, aunque estos se vincularan a principios vacíos y carentes de toda lógica y razón. Cuando la pandemia por Coronavirus se iniciase, Jair Bolsonaro se mofó en reiteradas ocasiones del virus. Lo calificó como «una gripecita», y a pesar de toda la evidencia existente, sostuvo hasta el último minuto una porfía digna de un fanático religioso. Permitió que peluquerías y gimnasios estuviesen abiertos, haciendo gala de lo que para él era más importante que cualquier cosa: la imagen, el espectáculo, la belleza, la opulencia. En un país que había sido azotado por una seguidilla de gobiernos corruptos, siendo los más pobres del gigante latino los más golpeados.

El 7 de julio, Jair supo que algo andaba mal con su organismo. Se practicó los exámenes para constatar si es que había contraído el virus y, sucedió aquello que para él era impensado: contrajo el virus. ¿Cómo un sujeto tan elevado, tan iluminado por la gracia del señor, tan seguro de que su pensamiento era el único y relevante, fue derrotado por un virus tan pequeño?

Es que en toda latinoamérica, la pandemia por Coronavirus ha dejado entrever una incómoda realidad: ningún Estado de la región sudamericana está preparado para una catástrofe de proporciones, pero por sobre todo, los mandatarios de muchos de los países de este lado del mundo, carecen de las herramientas para gobernar bajo crisis.

Esto le ha pasado la cuenta muy especialmente a países donde el enfoque de las políticas públicas se basa en el crecimiento económico. Es una realidad incómoda que los estados de la región detenten el monopolio del mercado, supeditando el crecimiento a los privilegios que éstos entregan a ciertos privados. Ante un mal manejo de la situación, las empresas que preveían de las riquezas, tuvieron que cerrar, lo que generó menos recaudación fiscal, y por lo tanto, más aprehensiones por parte de los Estados para ayudar económicamente a los ciudadanos.

Y es que, cuando privilegias la economía antes que la salud del motor productivo de la ciudadanía, las paradojas de la vida entran en curso: la economía que controlas como Estado, no te es sustentable en el tiempo. Y, específicamente las derechas latinas que han tenido que gobernar durante la pandemia, lo saben.

El viejo estilo de mantener la relación rey-vasallo, patrón-peón, ya no está dando el ancho en ninguna parte del mundo, frente a un mundo cada vez más interconectado, mientras la oportunidad de generar riqueza va aumentando, conforme las personas tienen más oportunidad de acceder a información de utilidad.

Bolsonaro ha muerto, porque en todo el mundo, dios está muriendo. Las nuevas generaciones ya no son útiles a designios del vaticano, por lo tanto, no piensan ni se desarrollan en función de los cánones de organización social y jerarquías de antaño. Bolsonaro ha muerto y, con él, toda la derecha.

Nota: según el mandatario brasileño, usar mascarilla es para «afeminados». Veamos si es que se salva de esta. Quizás a qué le atribuirá su mejoría. Lo cierto es que el COVID-19 ya ha demostrado, a la luz de la evidencia científica, que genera secuelas tan graves como daño cerebral. ¿No es una pena para el mandatario haberse contagiado?


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